Ya hacía casi un año desde la muerte de Calvo Sotelo. Poco después los militares vieron que era el momento de realizar un golpe de estado, pero fue un fracaso. Las cosas habían ido a peor y la guerra había empezado.
Mucha gente había dejado su trabajo para incorporarse a filas o habían huido del país. En el periódico no quedábamos ni la mitad del personal de antaño. Y mi compañero había sido asesinado cuando cubríamos la noticia de un atentado bomba en un parque en el centro de la ciudad. Por lo que ahora, además de escribir las noticias que debían publicarse, también tenía que sacar las fotografías.
Sucedió hace poco más de 3 meses, cuando estando en la comisaría de policía para entrevistar al máximo responsable ya que había sido sospechoso de pertenecer a una extraña secta. Fue entonces cuando escuchamos un fuerte estruendo que hizo temblar los cimientos de la comisaría.
Todos los oficiales salieron corriendo para ver que había sucedido. Mi compañero y yo los seguimos a la entrada de la comisaría para observar estupefactos una gran columna de humo que salía del parque que se encontraba un par de calles más abajo.
Nos dirigimos al lugar de los hechos para cubrir la noticia, pero cuando llegamos nos quedamos atónitos con lo que vimos. Había un gran agujero en la entrada del parque, la calle estaba llena de escombros y había sangre por todas partes. Al lado de un banco cerca del agujero de la explosión podía verse el carro de un niño pequeño destrozado por la metralla, a su lado yacían dos cadaveres adultos, un hombre y una mujer, que la policía había procedido a cubrir.
Nadie comprendía lo que había sucedido, ni quién podría haber cometido aquel acto tan atroz.
Antes de que la policía acordonase la zona le hice una señal a mi compañero para que sacase unas fotos del lugar.
Para la noticia necesitaba saber las identidades de las víctimas para así poder publicar sus nombres en el periódico por lo que me acerqué a uno de los agentes para preguntarle por los fallecidos. Debíamos informar al pueblo de lo que había sucedido. No podíamos permitir estos actos terroristas en nuestra ciudad.
Cuando el agente estaba explicándome que de momento no disponían de esa información, se escucharon una serie de disparos a nuestra espalda. Giré la mirada hacia el lugar de los disparos para ver cómo mi compañero se desplomaba alcanzado por una de las balas.
El agente al que estaba haciéndole preguntas se abalanzó sobre mi y me tiró al suelo para evitar que una de aquellas balas me alcanzase.
Un grupo de hombres enmascarados salió de una calle y se subieron a un vehículo mientras uno de ellos disparando decía: "¡Viva la república, muerte a los cerdos fascistas!"
